Inicio·Destinos·Turquía· İstanbul

Stayinto · Región administrativa

İstanbul

Los ferris cruzan el Bósforo llevando gaviotas, vasos de té y viajeros que van al trabajo, pasando junto a la galería de piedra de la Torre de Gálata. La provincia se extiende sobre dos continentes, y el agua que los separa nunca está quieta.

İstanbul

La provincia no se comporta como una sola ciudad. En el lado europeo, antiguas murallas atraviesan barrios donde el terreno asciende abruptamente desde el Cuerno de Oro, y las callejuelas son tan estrechas que una furgoneta de reparto puede detener el tráfico durante minutos. Al otro lado del agua, la orilla asiática se siente más relajada y verde, con paseos marítimos, restaurantes de pescado y casas de madera que se inclinan hacia el estrecho. Más al norte, el Bósforo se estrecha entre laderas arboladas y antiguas aldeas pesqueras, y la costa se convierte en una sucesión de pequeñas bahías, puestos y jardines en las colinas. Hacia el sur, el mar de Mármara alberga las islas, donde el ritmo se relaja al sonido de los cascos sobre la piedra y al tintineo de las campanillas de las bicicletas. Cada zona tiene su propio carácter, y pasar de una a otra en barco es gran parte del placer.

Un día aquí suele empezar en un ferri. Sal de Eminönü temprano, cuando los barcos de pesca todavía descargan y el agua bajo los puentes es de un gris verdoso. Camina por Balat, donde las fachadas se han repintado en azules y ocres desvaídos, y detente a tomar simit y té negro en una cafetería con sillas de madera curvada colocadas en la acera. Por la tarde, cruza a Kadıköy, donde los pasillos del mercado huelen a aceitunas, queso de oveja y caballa a la parrilla, y los estudiantes llenan los bancos a lo largo de la plaza. Más tarde, toma el barco lento a Üsküdar y observa cómo se encienden las luces a lo largo de la orilla asiática mientras la llamada a la oración se desliza sobre el agua. El extremo norte de la provincia ofrece un día completamente distinto: el bosque desciende hasta las calas rocosas, el agua es más fría y oscura que en el estrecho, y los pescadores remiendan sus redes en el muelle sin levantar la vista hacia los visitantes.

Al atardecer, la pregunta rara vez es si marcharse, sino cómo quedarse más tiempo. El último barco de regreso lleva a personas que han pasado el día yendo y viniendo entre continentes sin necesidad de apresurarse ni una sola vez. La provincia pide paciencia, un poco de caminata y apetito por lo cotidiano, y a cambio ofrece una ciudad que mantiene su pasado cerca y su mar aún más cerca. Quien haya visto deslizarse los ferris por el estrecho al anochecer comprenderá el deseo de volver y empezar el día de nuevo desde el agua.